sábado, abril 10, 2010

Lucy, entre el humo y el ruido



En una encuesta publicada por el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) en el 2006, en Ecuador más de 662 mil 664 menores estaban en situación de trabajo infantil, en edades comprendidas de 5 a 17 años. El 84.5 % trabajaba en agricultura, ganadería, caza, pesca y silvicultura; de ellos, el 79% está en edades de 5 a 11 años; el 63 % de 12 a 14 años, y el 49 % de 15 a 17 años. De este total de niños, niñas y adolescentes, el 65.28% son escolarizados y el 34.72% no son escolarizados. De acuerdo a este informe del INEC, el 53% no asiste a clases por falta de recursos económicos y el 24% por trabajo. 

"Todos hoy, somos culpables, de los niños que van por las calles” corea la gente al ritmo de Basca, agrupación cuencana de thrash metal que era esperada por más de mil personas ese sábado 25 de julio, como punto final de la Semana del Rock 2009. Sin embargo, no todos escuchaban el concierto esa noche: Lucy (nombre ficticio), una pequeña de no más de un metro de estatura, estuvo trabajando durante esa jornada, vendiendo cigarrillos y golosinas a los asistentes. Pese a que el Gobierno Nacional incorporó la erradicación del trabajo infantil dentro del Plan Nacional de Desarrollo 2007-2010, y que las estadísticas sostienen que se ha reducido los casos de niños trabajadores a 662 mil, el problema persiste y se prolonga en una especie de “circulo vicioso”, ya que “esos chicos al crecer no tienen una instrucción adecuada y repiten casos como embarazos precoces y uniones inestables, que no garantizan familias donde los niños puedan desarrollarse plenamente”, sostiene María Zúñiga, psicóloga educativa de la Universidad Central y Voluntaria del Programa de Extensión Universitaria en el sector de El Tejar. 

Respecto de la presencia de niños en estos eventos, Zúñiga sostiene que sus madres los introducen allí, ya que la Policía lo piensa dos veces antes de reprimir a niños de tan corta edad. “Tabacos”, “chupetes” fueron los gritos de Lucy ese sábado, desde las once de la mañana. Luis Castillo, cantante de Inocencia Perdida, una de las bandas teloneras de esa tarde, manifiesta que esta no es una situación nueva, y que “no tiene idea de cómo los niños entran a esos conciertos”, versión apoyada por Diego Brito, del colectivo cultural Al Sur del Cielo, quien asegura que la venta de licor al interior del Ágora de la Casa de la Cultura, donde se realizó el evento, estaba absolutamente prohibida, por lo que tampoco entendía que hacía una niña tan pequeña ofreciendo cigarrillos. Entre la combinación de ruidos fuertes y voces guturales de death y power metal, Lucy seguía moviéndose entre las filas de personas, apareciendo y desapareciendo repentinamente, en medio de improvisadas columnas de humo y en medio también de alguno que otro niño, hijo de alguna pareja aficionada al rock and roll, quien al igual que Lucy seguramente tampoco entendía alguna de las canciones que los músicos interpretaban en la tarima. La noche se aproximaba, y la gente continuaba llegando para ver a Basca, la sensación de la noche. La bolsa de plástico en donde Lucy lleva varias cajetillas de cigarrillos parece agotarse, lo que hace desaparecer a la niña por unos momentos.

Cerca de la tarima, algunos chicos buscan desesperadamente quien les venda un cigarrillo; la prohibición del alcohol al interior del recinto no deja otra salida que fumar, para pasar el rato. “A 25 centavos” dice la pequeña, quien viste de overol azul y lleva unas pantaletas de lana. Un chico, que lleva una camiseta con la imagen del Che Guevara llama a Lucy, sin darse cuenta quizás de la paradoja. La noche continúa y de pronto, Lucy se ha duplicado en otra niña, ligeramente más alta, también con un overol azul, unas pantaletas de lana y otra funda con cajetillas de cigarrillos. En medio de la euforia por la proximidad de la banda estelar, se ve por primera vez en la cara de Lucy una sonrisa: al parecer ha vendido muchos cigarrillos, ya que se la ve con muchas monedas. Concluido el concierto, aproximadamente a las nueve de la noche, todo un grupo de vendedores se aproxima a los entusiastas chicos, sedientos y cansados por la extenuante jornada. Nuevamente Lucy se ha multiplicado, pero ahora en una progresión geométrica, pues ya no son dos, sino varios los niños que ahora ya no llevan sólo cigarrillos, sino también vino de cartón, con la venia de los pocos policías que aún permanecen para resguardar la seguridad en la clausura del evento, a las afueras de la Casa de la Cultura, mientras cantan sobre la importancia de cambiar al mundo y erradicar la pobreza, brindando con un vino de cartón y fumando un cigarrillo que le compraron adentro a una pequeña niña.


Agencia O Sea

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ten en cuenta que los niños saben lo que hacen, son concientes en cierta forma, hubiera sido interesante si les hubieras preguntado a esa niño(a), porqué lo hacen? te molesta la semana del rock? esos hechos souceden incluso en los conciertos de tecnocumbia, en un partido de fútbol, en el bus cuando vas a casas, en el semáforo, no solo en un concierto de rock, los rockeros en cierta forma poseen una conciencia social o a caso es un crimen que canten con respecto a esos temas?, esos músicos que pueden hacer al respecto?, lo mejor que pueden es cantar, y ganarse la vida de algún modo, la pregunta sería; ¿de quién es la culpa? de los ineptos que trabajan en el gobierno? o el público rockero y no rockero que consume ese tipo de cosas? o el sistema? de quién es la culpa? que lanze la primera piedra aquel que este libre de pecado y por cierto ¿porqé te molesta la semana del rock? has un post man.

Revista Caricato dijo...

Estoy de acuerdo con Anónimo en que los niños son conscientes también de sus actos, y que si trabajan lo hacen para comer... sin embargo, casi siempre es xq hay adultos que les usan como anzuelo para vender cosas... y el tema no es que no me guste la Semana del Rock, todo lo contrario, me gusta el metal y demás géneros, y por eso también es que escribí esa nota en 2009. Lo que critico (desde el punto de vista personal), primero, es que el ambiente de esos conciertos no es el más adecuado para los niños, por los decibeles de audio, las multitudes y el riesgo de que se puedan extraviar. El otro aspecto, el más grave, el doble discurso de la gente que se dice "revolucionaria" por escuchar rock: mientras cantas contra el sistema, mientras criticas la explotación laboral, infantil, la guerra y otras tantas cosas, que enseguida le compres a un niño, perpetuando el círculo vicioso de su explotación capitalista... en fin, mucho en qué pensar y reflexionar, no?