domingo, noviembre 04, 2018

El éxodo de Yangana (1949)

Hace varias semanas, una turba malinformada por redes sociales mató a tres personas acusadas de secuestrar niños en Posorja, Guayas. La desconfianza en el sistema judicial, la indignación y la ira que desencadenó este lamentable hecho de violencia, me recordó a El éxodo de Yangana, novela sobre la que escuché por primera vez en clase de literatura de sexto curso en el colegio Montúfar. Era 1998, casi un día como hoy hace veinte años, y nuestro profe, quien tiempo después nos obligara a leer un texto completo de Cuahutémoc Sánchez, no la incluyó en nuestro pénsum pues se limitó leernos el cuento más célebre del lojano Ángel Felisísimo Rojas, a quien de joda considero el escritor más alegre de nuestra literatura: "Un Idilio Bobo" de 1946.

Muchos años más tarde, superada la obligación de leer por el esfuerzo espontáneo de leer, consideré que El Éxodo de Yangana era quizás una imitación u homenaje a Cien Años de Soledad  de Gabriel García Márquez. El mal hábito que muchas editoriales de acá tienen de no incluir en los créditos el año de edición original de muchas obras consideradas clásicas contribuyó en parte, aunque recordaba muy vagamente una referencia que hizo el profesor a la universal Fuenteovejuna (1619) de Lope de Vega, como confirmaría después.

No corrí desesperadamente a las librerías de Quito o me lo mandé a pedir por internet. Tampoco pregunté a alguno de mis amigos si lo tenía. Como me ha pasado con otros tantos libros, que ya he descrito en esta columna, fue una vez más el destino, casualidad, chiripa o lo que sea que me acercó a este texto, con una particularidad: un día, mientras limpiaba el librero de mi madre, encontré que libro estaba dividido en dos tomos para la edición de 2004 de la entonces Campaña Nacional para la Lectura dirigida por la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Como otros libros de la misma editorial, que llegaron a mi casa en un cartón como cosas descartables, estaban cubiertos aún de ese plástico que da a las cosas viejas la apariencia de nuevas. En mi librero personal tenía y tengo todavía unos libros plastificados de J.R.R. Tolkien del legendarium de El Señor de los Anillos; un impulso más cursi que romántico, casi en palabras de Jorge Luis Borges, me hizo establecer una analogía con los tomos de El éxodo de Yangana, que sin darme cuenta me hizo intentar romper el plástico de esos tomos con los dientes.

Pese a aquella epifanía y una vez como siempre, casi como a cualquier persona de esta época, un mensaje llegado a mi Facebook me distrajo de aquella lectura que estaba iniciando ya y que de entrada me hizo suponer si aquella obra no sería un remake criollo de Cien Años de Soledad; luego del interludio del Tomo 1, hay varios capítulos que describen detalladamente a los personajes que en este caso no son los protagonistas, sino parte del protagonista principal de la obra: el pueblo de Yangana. Tiempo después, y superados otros textos inconclusos que estaban a la cola, decidí intentar nuevamente desde el principio, pues necesitaba aclarar los detalles de cada personaje para meterme bien en la historia. Tiempo después, pues en aquella ocasión también me distrajo alguna otra cosa, decidí reiniciar el libro una vez más, esta vez motivado por una aclaración que le hizo justicia al escritor nacional más feliz de la historia: que El Éxodo de Yangana apareció 18 años antes que Cien Años de Soledad.

Superada la fase de presentación de los personajes (Ocampo, Don Vicente, la Virgen del Higuerón, Reinoso, doña Liberata, Juanita Villalba, Fermín "Fosforito" Arias...) que en algún punto llegara a ser algo cansona, el libro, que como muchas obras maestras requiere de algo de paciencia, se pone finalmente bueno. Cabe destacar la versatilidad de "Rojitas", como le llamaran sus colegas en el Guayaquil de mediados del siglo XX: a la narración se suma la poesía, en forma de coplas populares, el teatro (cuando Don Vicente presenta la comedia "Guárdate del agua mansa") y también el testimonio epistolar. La minuciosidad en la descripción de los detalles de una vida rural, que a los ecuatorianos nos resulta paradójicamente extraño, es otro aspecto decisivo de la novela, que logra una descripción que no pierde vigencia y devuelve a las raíces a cualquiera. El misterio también se hace presente, a través de la historia del gringo Mr. Sparks, quien llega a esta zona del sur de Ecuador para estudiar quién sabe si algo más que plantas.

Encanta creo a cualquier lector cuidadoso de la obra el ideal del pueblo unido ante la adversidad y esa disposición a compartir un destino común. Después del amargo sabor que Huasipungo de Jorge Icaza dejara desde 1934, la historia parece brindar una luz de esperanza ante el abuso de poder, misma que el discurso oficial satanizara tantas veces y ligara forzosamente a las tendencias socialistas que empezaran a tomar forma previo a la Revolución Cubana de 1959, y que aún hoy (con gobiernos socialistas incluidos) forman parte de los deseos de aquellos que auguran el bienestar social en la verdadera autogestión comunitaria.

El éxodo de Yangana
Ángel Felisísimo Rojas
Editorial Losada
1949
9/10



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