Tal vez la mayoría de quienes estamos por acá rebasamos los treinta años. Se supone que quienes tienen menos ni siquiera leerán esta columna, pues estarán ahora mismo deambulando por TikTok, o deteniéndose de vez en cuando en las vitrinas de Instagram.
Ayer, en la plataforma gratuita de Tubi, un poco por casualidad (suponiendo que no fue por el algoritmo) di con una peli de Gus Van Sant que desconocía, To Die For (1995). Casi al final, una de sus protagonistas, luego de reflexionar sobre la importancia de aparecer en TV, se pregunta: "¿Pero si todos llegaramos a aparecer en televisión, quién se quedaría para mirarla?". Más de treinta años después, finalmente ha sucedido: todos salimos, o tenemos la posibilidad de salir en video, y ya nadie está al otro lado de la pantalla.
Pero quienes estamos acá crecimos también con la tele. Forjamos nuestros hábitos en torno a ella. Construimos nuestras relaciones a través de sus contenidos. Hicimos amigos y quizás parejas por alguna serie, película o telenovela en común. ¿Quién no se volvió "el alma de la fiesta" por replicar algún chiste de Los Simpson o imitar a alguno de sus personajes? ¿Quién no rezongó contra los ñoñazos de tío Jessie, Ross, o quién incluso no despotricó contra el Chavo del 8? Y por último, ¿quién no criticó a nuestra -supuesta- pésima tele nacional?
De Mis Adorables Entenados pasamos a Ni en vivo ni en Directo, de Ni en Vivo a Solteros sin Compromiso y de ahí dimos el salto a YouTube con Enchufe TV. De Pasado y Confeso fuimos para Historias Personales y de ahí a los distintos canales de misterio de YouTube y ahora a los Frankenstein instantáneos de TikTok. Por qué la vida continúa. Por qué el tiempo pasa y no espera por nadie, aunque muchos no tengamos tiempo o incluso no tengamos nada que hacer.
Cholito, un spin off del otrora exitoso Vivos (heredero de NEVNED), basado en el reconocido periodista 'de cashe' José Delgado, célebre por sus retratos de las clases más pobres de Guayaquil, no podía ser otra cosa que un icono. Un modelo de lo que somos en realidad: soñadores cholos, mestizos y morenos de un mundo que no nos queda de otra. Por lo tanto, había que hacer humor. Como comprendió más tarde Enchufe. Como tal vez se le pasó por la cabeza a un lejano Roberto Gómez Bolaños de otro país. La comedia está para relajarnos y empujarnos. Para, de algún modo, hacernos felices. Sin embargo, a diferencia de hace quince o veinte años, hoy, al parecer, todos podemos escribir, dirigir y difundir nuestra propia comedia. Todos podemos ser estrellas de farándula y ganar mucho dinero gracias o los views y likes. ¿Habrá cama para tanta gente?
Dicen que la felicidad del pobre dura poco. La tele de antaño mostraba a los ricos en el jet set y a los pobres en la morgue. Hay quienes sostienen que las redes sociales han logrado lo que no pudieron los gobiernos: democratizar la libertad de expresión y la producción audiovisual. No sé hasta qué punto sea cierto. No es lo mismo ser chiro, feo y antisocial que guapo, culón y con plata.
Quizás había un modo de rescatar al Cholito (incluso dejándolo donde se quedó), pero Ecuavisa quiso vendernos chanfaina por ceviche.

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